El ritmo narrativo: que nadie pare de leer tu novela

Actualizado: 22 mar

¿Qué es el ritmo narrativo? Me preguntas mientras pisas a fondo el acelerador de tu Mustang amarillo. Pues es justo lo contrario de la frase anterior. O no. Porque esa frase tiene ritmo, aunque no sea especialmente vivaracho.


El ritmo narrativo es la velocidad, la cadencia con la que se lee un texto. Y depende de muchos factores, entre ellos de las expectativas, el suspense, la tensión y la acción.





Expectación: Qué es, cómo crearla y de qué manera contribuye a que el ritmo narrativo no se pare


Dice la RAE que expectación es «Espera, generalmente curiosa o tensa, de un acontecimiento que interesa o importa».


Es esa curiosidad, ligada a cierta sensación de incertidumbre, lo que produce tensión. Sobre todo si estamos emocionalmente involucradas en algo. Por ejemplo, en lo que les va a pasar a los personajes de una novela. Por eso es necesario que, cuando diseñemos esos personajes, los hagamos atractivos. Donde «atractivo» quiere decir que atraiga la empatía de la lectora. No hace falta que sean altos y guapos (aunque esto suele ayudar), sino que nos importen.


La tensión suele construirse alrededor del peligro que corren los personajes. Este peligro puede ser físico o psicológico.


Cuando conseguimos crear expectación, hacemos que de nuestra escritura surja cierta ansiedad relativa a los hechos que narramos. La ansiedad, en este sentido, no es más que energía contenida, tensión. Cuando esta llega al punto óptimo, una buena escena de acción conseguirá que esa energía contenida se libere. Y así dejaremos a nuestras lectoras sonrojadas y satisfechas.


Mira cómo lo hace José María merino en su microrrelato La Pecera:


Anoche, al volver a casa, cuando iba a echarles comida a los peces que tengo en la pecera, me encontré con que en la superficie del agua flotaba un extraño objeto. Observándolo con cuidado, comprendí que se trataba de una especie de desvencijada balsa, sobre la que había dos figuritas humanas, una tumbada boca abajo y la otra agarrada a una especie de mástil hincado entre los maderos. Creí que era un adorno que había puesto mi mujer, pero de repente descubrí que la figurita agarrada al tosco mástil movía un brazo desmayadamente, como pidiendo ayuda, y que en la tumbada había también signos de vida. Aquellos seres diminutos y vivos, al parecer náufragos, me desconcertaron tanto que me fui a la cama sin decirle nada a mi mujer y pasé la noche en blanco. Me he levantado muy pronto, he ido corriendo a la sala donde tenemos la pecera, pero solo he encontrado a las tres carpas rojas que la ocupan. Entonces me he sentido muy aliviado, al imaginar que esos diminutos náufragos no corresponden al mundo de mi realidad cotidiana.


Al principio la pecera es solo una pecera, luego aparece el elemento extraño y ese es el primer peldaño de la escalada de tensión. A continuación, las figuras se mueven y nosotras, como lectoras, esperamos a que el narrador y protagonista haga algo al respecto. Pero se asusta y no hace nada. Ahí nos intranquilizamos más. Y un poco más todavía cuando nos dice el narrador que pasa la noche en blanco. Por la mañana, nervioso como nosotras, va a ver qué ha pasado. Y se encuentra que solo hay tres peces en su pecera. A priori, eso debe tranquilizarnos, pero luego surge la duda: ¿había personas y una balsa y las carpas se las han comido? Al fin y al cabo el protagonista iba a darles de comer, pero nunca lo hace, en realidad.


Algunas formas de crear expectación y tensión


Si la expectación tiene que ver con las expectativas y la tensión con el grado de probabilidad de que estas se cumplan, existen varios recursos que podemos usar para hacer que nuestras lectoras se sientan tensas y no consigan asegurar si sus expectativas se cumplirán o no.


Por si a estas alturas te estás preguntando qué tiene esto que ver con el ritmo narrativo y la creación de pasapáginas, ten esto en cuenta: el tiempo pasa mucho más rápido cuando te diviertes. Y leemos para divertirnos (de una u otra manera). Cuando preocupamos a nuestras lectoras creándoles expectativas que pueden verse frustradas, las obligamos a leer más rápido. O sea, las obligamos a pasar páginas. Claro que, como veremos a continuación, eso requiere que usemos bien el estilo a nuestro favor.


Pon límites de tiempo para crear sensación de urgencia


Podría hablar de bombas con temporizadores, pero me voy a referir a la Cenicienta. Cenicienta tiene que hacer muchas cosas en un día para poder ir al baile. Debe terminar todas sus tareas domésticas, coserse un vestido, arreglar a sus hermanastras… Y todo eso antes de que salga el autobús. No se las apaña mal, porque para eso es la protagonista. Además, en la versión de Disney al menos, cuenta con la ayuda de pajarillos varios, y ratitas modistas. Pero cuando ya lo tiene todo hecho, sus malvadas hermanastras le rompen el vestido.


¡Se ha quedado sin tiempo! La lectora, a sus siete años de edad (sus muchos más años de edad si el retelling es lo bastante bueno), se angustia: ¿podrá ir Cenicienta al baile? Aparece el hada madrina, viste a la protagonista de punta en blanco, le da unos zapatos de Loubutin de cristal que siempre he creído que debían ser incomodísimos, convierte a las ratas modistas en caballos, a un gato en cochero, una calabaza en carroza y la manda a palacio con una advertencia: «¡El chollo se te acaba a las doce!».


Tres horas tiene la pobre chica para llegar a la fiesta, acercarse al príncipe, hacerle notar su gran inteligencia, ingenio, amabilidad y lo partidazo que es y regresar a casa a tiempo para meterse en la cama y cerrar los ojitos de manera que madrastra y hermanastras no se percaten del percal.


Convendrás conmigo en que es un estrés. Pues bien, esto es solo una de las cosas que puedes hacer para crear tensión: pon un límite temporal. Un contador. La premisa de Just in time, la película, se basa precisamente en eso.




Haz que tus personajes pasen miedo, ponlos en situaciones peligrosas



Podemos complicar la vida de Cenicienta un poco más si ponemos algunos obstáculos en su camino. Por ejemplo, para llegar desde la casita solariega -que su padre jamás puso a nombre de la hija porque la prudencia estaba sobrevalorada- hasta el palacio, hay que pasar por el bosque prohibido. Allí vive Aragog, la gran araña que solo se alimenta de mujeres pobres disfrazas de princesa. La rueda de la calabaza se rompe justo frente al cubil de Aragog y Cencienta tiene que bajarse a cambiarla. Si no se da prisa, se va a quedar sin tiempo para comentar con el príncipe ese movimiento estratégico que tiene que hacer en Wall Street para conservar el valor de sus acciones en las minas de los enanitos. Y además se va a poner perdida.


¿Notas la tensión? ¿No se agolpan las preguntas en tu cabeza? Por ejemplo, yo me pregunto cómo va a hacer Cenicienta para limpiarse el vestido, ¿sabe que una araña la acecha? ¿Llevan las calabazas mágicas ruedas de repuesto? ¿Por qué el cochero no hace nada? ¿Estará conchabado con la madrastra y no con la madrina?


Bromas a parte, colocar a tus protagonistas en situaciones que los pongan en peligro siempre aumenta la tensión y siempre hace que tus lectoras sigan leyendo. Este peligro puede ser físico (como la araña princesívora) o psicológico. Si haces que tu personaje se enfrente a un miedo propio también creas tensión.


Pero recuerda que para que esto funcione has tenido que seducir a tus lectoras antes, cuando presentaste al personaje.


Da a tus lectoras información que tus protagonistas no tienen


Es uno de los métodos más efectivos para crear tensión. Si Cenicienta no sabe que Aragog está ahí, justo detrás de la carroza, esperando a que se agache para saltar sobre ella y devorarla, pero tus lectoras sí, estas últimas no podrán dejar de comerse las uñas hasta saber si la araña se sale con la suya o no.


¿Tú qué crees? ¿Tendremos cena de doncella en la tela de Aragog? ¡Qué estrés!


Dale a la tensión un componente emocional


Es lo que vengo diciendo desde el principio del artículo: todos estos recursos funcionan sí consigues que tus lectoras se preocupen por tu protagonista. Y para eso hay que invertir en el diseño del personaje. Solo así podrás crear luego tensión relacionada con sus deseos, sus objetivos, sus miedos, etc.




Construir el ritmo narrativo adecuado


¿Por qué queremos un ritmo narrativo rapidito, alegre y vivaz? Pues porque parece ser que nuestra capacidad de atención es cada vez menor. Por tanto, como escritoras, tenemos que hacer lo que podemos con una materia prima defectuosa.


Dicen los expertos que esto de la capacidad de atención disminuye por culpa de las redes sociales, internet y, en general, la inabarcable multitud de estímulos que nos golpean a cada segundo. Lo que me obliga a preguntarme si las lectoras del siglo XIX no habrían disfrutado de algo un poco más vivo que esto:


Como mi apellido es Pirrip y mi nombre de pila Philip, mi lengua infantil, al querer pronunciar ambos nombres, no fue capaz de decir nada más largo ni más explícito que Pip. Por consiguiente, yo mismo me llamaba Pip, y por Pip fui conocido en adelante.


Digo que Pirrip era el apellido de mi familia fundándome en la autoridad de la losa sepulcral de mi padre y de la de mi hermana, la señora Joe Gargery, que se casó con un herrero. Como yo nunca conocí a mi padre ni a mi madre, ni jamás vi un retrato de ninguno de los dos, porque aquellos tiempos eran muy anteriores a los de la fotografía, mis primeras suposiciones acerca de cómo serían mis padres se derivaban, de un modo muy poco razonable, del aspec