¡Gracias por contestarme!
Me da un poco de vergüenza, pero lo prometido es deuda así que allá va:
Escribo poesía.
A veces hasta coqueteo con la idea de publicarla, pero no creo que eso vaya a pasar en
un futuro cercano. En primer lugar porque escribo una poesía horrorosa y en segundo
lugar porque he convertido la poesía en mi lugar seguro.
¿Sabes cuando empezaste a escribir y lo hacías un poco a lo loco, sin importarte si metías la pata o no?
Muchas de nosotras empezamos así y a muchas más de las que me gustaría se nos pasa la ilusión y empezamos a cuestionarnos el talento y hasta si es conveniente o no que escribamos.
Si llevas un tiempo por aquí ya sabrás que este es mi caballo de batalla.
Y una de las herramientas que uso para que no se me olviden mis motivos para escribir es la poesía.
Cuando escribo un poema suelo hacerlo desde lo visceral, sin pensar demasiado en el resultado. Además, mis poemas encierran emociones sin procesar o anécdotas tan mínimas que no cabrían en ningún otro sitio.
A veces los releo y me dan ganas de rezar tres Padrenuestros y ocho Avemarías como penitencia, pero luego me acuerdo de por qué los escribo y se me pasa.
Además, otras veces releo algún verso que medio merece la pena y me reconcilio conmigo.
(Te dejo más abajo una muestra que no me horroriza.)
Y esta es mi perla de sabiduría del día: encuentra un lugar seguro en la escritura. Un sitio donde no dejes entrar a nadie y puedas ser tú misma. Úsalo para jugar, para hacer pruebas, para desahogarte... Puede ser un género con el que no te sientas muy identificada, o un formato corto. Puede ser tu diario... Lo que elijas estará bien.
Eso sí, protégelo con tu vida, porque aquí encontrarás la paz que a veces se le escapa a la escritura más ««««seria»»»».
Un abrazo enorme:
Alicia
P.D. 1: No le pongo más comillas a lo de seria para no abusar.
P.D. 2: allá va un poema que no me da mucho apuro.
Mamá me vistió de bailarina tailandesa.
Mamá me vistió de piloto de aeroplano.
Mamá me vistió de profesora de inglés.
Mamá me vistió de emperador romano.
Encontré por sorpresa unas canicas,
unas piezas de madera roja y verde,
y también pegamento apelmazado.
Aquel día me cambió la suerte.
Construí una casa con las piezas,
me guardé las canicas en la mano,
con la otra sostuve el pegamento.
Como siempre, mamá se levantó temprano.
Llegó hasta mi cuarto, silenciosa.
Me llevaba un traje de payaso.
Tiré las canicas a sus pies y
miré como caía. Al suelo.
Muy despacio.
La escondí en mi casa de madera
y sellé la puerta con esmero
Me deshice, claro está, de las canicas.
Cuando llegó papá, ya había muerto.
Miró el hombre alrededor,
me revolvió un poquito el pelo.
Se quitó al fin su traje de azafata
y sugirió: ¿Compramos otro Lego?

